Reflexiones sobre Verbum Domini. I

La proliferación de sectas

en el nuevo documento del Papa Benedicto XVI

De forma breve, pero sustanciosa, Verbum Domini, el nuevo documento pontificio, aborda el problema pastoral de la proliferación de sectas.

Por el P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap

La Biblia,

corazón de la actividad eclesial

El 11 de noviembre de 2010 la Santa Sede presentó un nuevo documento pontificio. Se trata de la exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia. El documento es fruto de los trabajos del Sínodo sobre la Palabra de Dios, que se celebró en la Ciudad del Vaticano del 5 al 26 de octubre de 2008.

El objetivo de la exhortación, según el Santo Padre, es “indicar algunas líneas fundamentales para revalorizar la Palabra divina en la vida de la Iglesia, fuente de constante renovación, deseando al mismo tiempo que ella sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial” (Verbum Domini, 1).

Las sectas,

un problema pastoral

Pues bien, uno de los problemas pastorales puestos de relieve en la magna Asamblea sinodal fue el de la proliferación de sectas (Verbum Domini, 73).

¿Por qué representan un problema pastoral? La Asamblea sinodal, de cuyos trabajos emanó la exhortación apostólica, parece señalar que se debe a su proselitismo sistemático “en diferentes continentes” y la instrumentalización que hacen de la Biblia.

En efecto, en el Instrumentum laboris se señalaba que se debe prestar una especial atención “a las numerosas sectas, que actúan en diferentes continentes y se sirven de la Biblia para alcanzar objetivos desviados con métodos extraños a la Iglesia” (Instrumentum laboris, 56).

Más aún, se menciona a los grupos proselitistas entre las “dificultades que impiden el camino en el anuncio del Evangelio”, puesto que “impiden una correcta interpretación de la Biblia” (Instrumentum laboris, 43).

Y es que, señala el Sucesor de Pedro, estos grupos “difunden una lectura distorsionada e instrumental de la Sagrada Escritura” (Verbum Domini, 73).

La pureza de la fe

Ante esta realidad, una pregunta que se planteó en el Sínodo fue la siguiente: “¿Qué procedimientos pueden ser usados para sostener a la comunidad cristiana frente a las sectas?” (Lineamenta, Preguntas: Capítulo III).

Nótese la finalidad de estos procedimientos: deben ayudar a “sostener” a la comunidad cristiana frente al embate de los grupos proselitistas.

La respuesta, breve, pero significativa, de los Lineamenta señala que se debe prestar mayor atención “a la pureza de la Palabra de Dios, auténticamente interpretada por el Magisterio, frente a las numerosas sectas que usan la Biblia para otras finalidades con métodos ajenos a la Iglesia” (Lineamenta, 31).

Esta es precisamente la finalidad de la Nueva Apologética: poner al alcance de todos los fieles católicos la interpretación auténtica que de la Biblia hace el Magisterio de la Iglesia, puesto que los primeros destinatarios de la Nueva Apologética son, precisamente los católicos, particularmente los más alejados. En un segundo momento, la Nueva Apologética busca dialogar con los hermanos separados, que en su mayoría son excatólicos, para presentarles la interpretación auténtica de los pasajes bíblicos que les llevaron a abandonar la Iglesia.

La animación bíblica

de toda la pastoral

Se trata de la respuesta adecuada a este problema eminentemente pastoral, puesto que “allí donde no se forma a los fieles en un conocimiento de la Biblia según la fe de la Iglesia, en el marco de su Tradición viva, se deja de hecho un vacío pastoral, en el que realidades como las sectas pueden encontrar terreno donde echar raíces” (Verbum Domini, 73).

De hecho el Santo Padre es enfático, puesto que añade el adverbio “toda”, llegando a pedir la animación bíblica de toda la pastoral (Cfr. Verbum Domini, 73).

Esta animación bíblica de toda la pastoral no implica solamente añadir “algún encuentro en la parroquia o la diócesis, sino de lograr que las actividades habituales de las comunidades cristianas, las parroquias, las asociaciones y los movimientos, se interesen realmente por el encuentro personal con Cristo que se comunica en su Palabra” (Verbum Domini, 73).

Como puede verse, la propuesta del Sínodo está en plena consonancia con la propuesta del padre Amatulli, resumida en el lema “Biblia para todo y Biblia para todos; todo con la Biblia y nada sin la Biblia”. Pues bien, ¿cuáles son las “actividades habituales” de la vida eclesial? La santa Misa, la homilía, la catequesis, los encuentros de oración, los congresos, los retiros espirituales, las prácticas de piedad (rosario, vía crucis, hora santa, etc.), el pastoreo, la evangelización, las fiestas patronales, las reuniones de los movimientos apostólicos, etc.

¿Quiénes están llamados a ser los protagonistas y destinatarios de esta noble tarea? Toda la comunidad eclesial, de manera tal que “es necesario dotar de una preparación adecuada a los sacerdotes y laicos para que puedan instruir al Pueblo de Dios en el conocimiento auténtico de las Escrituras” (Verbum Domini, 73).

Vamos por buen camino

Como puede notarse, la labor que hacemos los Apóstoles de la Palabra y la propuesta que hacemos en el campo bíblico, apologético y catequético está en plena consonancia con lo que nos presentan el Santo Padre y los Padres sinodales. Adelante, pues, con mayor entusiasmo y una convicción más profunda.

Las cartas sobre la mesa

Un género que ha hecho historia

La carta abierta es un género literario y periodístico que ha hecho historia y es sumamente socorrido. Émile Zola lo utilizó a propósito del Caso Dreyfus, el 13 de enero de 1898, titulándolo «J’Acusse» (es decir «Yo acuso»), dirigiéndola a Félix Faure, presidente de Francia, y publicándola en el diario L’Aurore. Lo utilizó también Martin Luther King, el activista y mártir de los derechos civiles. Su Carta desde la Cárcel Birmingham, escrita el 16 de abril de 1963, es una apasionada declaración de su cruzada por la justicia y por la vida, y a favor de los derechos civiles.

Hasta Bill Gates, el co-fundador de Microsoft, ha hecho lo propio, enviando una carta abierta a los usuarios de computadoras (la célebre “Open Letter to Hobbyists”) a favor de aquellos que desarrollan el software y lamentando la piratería.

En el ámbito eclesiástico, Mons. Albino Luciani (nuestro querido Juan Pablo I, el Papa de la sonrisa) lo utilizó ampliamente cuando era Patriarca de Venecia, titulándolas “Ilustrísimos señores” y dirigiéndolas a los más dispares personajes de la historia y la ficción literaria (cuarenta destinatarios), desde Dickens a Goethe, pasando por Marconi, San Bernardino de Siena, Pinocho, Figaro, Teresa de Ávila, Teresa de Lisieux, María Teresa de Austria y, obviamente, Jesucristo (Cfr. Luciani, Albino, Ilustrísimos señores. Cartas del patriarca de Venecia, Biblioteca de autores cristianos, Madrid 1978, 325 pp.).

Un destinatario concreto: ¡la opinión pública!

¿Cuáles son los motivos para escribir una Carta Abierta? Pueden ser los siguientes: la intención de mostrar al público la opinión del autor sobre un tema particular, el deseo de comenzar el debate público sobre determinado tema, o el propósito de atraer a la opinión pública hacia cierta cuestión, con la intención de promover acciones concretas. Otra motivación, no menos importante, puede ser el humorismo.

Una cosa es cierta: si bien es innegable que las cartas abiertas tienen un destinatario concreto, se escriben con la finalidad de que sean leídas por una amplia audiencia, por lo que regularmente se dan a conocer a través de los medios de comunicación masiva, pues se quiere compartir el propio punto de vista a un extenso público, para generar opinión y poner sobre la mesa de discusión un asunto específico.

Pensando en voz alta

El P. Amatulli ha cultivado en varias ocasiones este género literario. Echemos una rápida mirada a este aspecto de su bibliografía.

El 4 de septiembre de 1974 escribió una carta abierta a algunos amigos sacerdotes de la Diócesis de Conversano, titulada “Pensando ad alta voce”, para contribuir con su granito de arena a la búsqueda de formas siempre más adecuadas de apostolado, proporcionando iniciativas oportunas, como favorecer el diálogo entre sacerdotes, especialmente en lo que se refiere a los problemas comunes que se presentan actualmente para la encarnación del mensaje de Cristo, un llamado a un sano pluralismo al interior de la Iglesia, sin integrismos ni radicalismos de ninguna especie, pero abiertos a los dones del Espíritu, para descubrir juntos formas nuevas de ser cristianos.

Algo parecido hizo en junio de 1975, en una carta abierta dirigida a sus compañeros de ordenación sacerdotal, en el décimo aniversario de tan importante acontecimiento (26 de junio de 1965). La carta se titula “Carissimi confratelli del ‘65” y quiere presentar, aunque sea brevemente, la experiencia de diez años de sacerdocio, algunos de estos vividos en América Latina. Allí da cuenta de sus estudios de periodismo en Bérgamo y su partida a México, para dirigir una revista de animación misionera, “Esquila Misional”; su labor apostólica en la periferia de la Ciudad de México, que le permitió discernir que el fundamento de una auténtica liberación no pueden ser ni Mao, ni Marx, ni ningún otro personaje, optando por Cristo y por la Palabra de Dios. Narra también su actividad entre los indígenas chinantecos, que inició a principios de 1972, su contacto cotidiano con la Palabra de Dios y su plena confianza en los otros, que lo lleva siempre a sugerir y jamás a imponer nada.

Una carta abierta muy significativa es la que escribió el 10 de octubre de 1969, con un título sumamente revelador: “Un esercito in marcia”, donde manifiesta su profunda convicción de la urgencia de preparar e impulsar a los laicos, a quienes considera insustituibles e indispensables para la Evangelización. Su confianza plena en los laicos se manifiesta en que llama a algunos de ellos a colaborar activamente en las dos revistas que dirige: “Esquila Misional” y “Aguiluchos”. Una visita por el sureste mexicano en agosto de 1969 le impacta profundamente, por la triste situación de muchas poblaciones y por la notable escasez de sacerdotes, que le hacen anhelar el día en que pueda dedicarse de lleno a la actividad evangelizadora, lo que le ayuda a tomar la decisión de dedicarse más de lleno al apostolado directo en el Vaso de Texcoco, en la periferia de la Ciudad de México. La experiencia lo ayuda a darse cuenta de la importancia del laicado, por lo que enfrenta el reto de capacitarlo para la evangelización, luchando contra la ignorancia religiosa y la inconstancia de muchos e impulsando las más variadas iniciativas: la buena prensa, la Virgen Peregrina, la proyección de filminas catequísticas, los círculos juveniles, la formación de líderes, etc. Aquí se va perfilando ya el futuro apóstol de la Palabra y su apuesta por el laicado, un auténtico ejército en marcha.

Poniendo puntos sobre las íes

Más recientemente, P. Amatulli ha escrito sendas cartas abiertas dirigidas a los Señores Obispos Mons. Samuel Ruiz García (1994) y Mons. Raúl Vera López, o.p. (1999).

La carta abierta dirigida a Mons. Ruiz, en ese entonces obispo residencial de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas, se titula “Sr. Don Samuel Ruiz: No estoy de acuerdo con Usted” y fue dada a conocer el 22 de marzo de 1994. En ella el P. Amatulli le señala a Don Samuel que la manera que tiene de ver la liberación no ha dado buenos resultados, que en su diócesis no hay libertad, que algunos sacerdotes y religiosas han sido obligados a dejar la diócesis, que los laicos reciben amenazas en el sentido de privarlos de la recepción de los sacramentos si no aceptan la línea oficial, y que muchos agentes de pastoral se han metido directamente en la política partidista y en la lucha armada. La trascendencia de esta carta, a las pocas semanas de iniciarse el levantamiento zapatista, es significativa, aunque su difusión fue opacada por el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el 23 de marzo de 1994.

A Fray Raúl Vera López, op, en su calidad de obispo coadjutor de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas, le escribió dos cartas abiertas, tituladas “De la esperanza a la paciencia y a la decepción” I y II Parte. La primera está fechada el 17 de febrero de 1999 y la segunda el 28 de febrero de ese mismo año. En ambas pide que no se nieguen los sacramentos a quienes no aceptan ciertas enseñanzas de algunos sacerdotes y catequistas de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas, con una formación y mentalidad muy discutibles. Además, para poner el asunto en su justa perspectiva, pues Mons. Vera plantea, en una carta dirigida a Mons. Talavera, en su calidad de presidente de la Comisión Episcopal para el Apostolado de los Laicos, como si se tratara de un conflicto del Movimiento Eclesial “Apóstoles de la Palabra” y la diócesis, señala contactos de la diócesis en cuestión con el sandinismo, la eliminación sistemática del pluralismo al interior de la diócesis, que se caracterizó por el sistema de “partido único”, puesto que se prohibió la presencia de los diversos movimientos apostólicos, y la expulsión de los disidentes; se señala también que el proceso diocesano está completamente al margen del proceso que se vive, por lo general, en la Iglesia católica.

Estas tres cartas abiertas fueron publicadas en un libro titulado «Chiapas, Sectas y Evangelización», que trata ampliamente la cuestión de la Teología de la Liberación y la situación eclesial en la diócesis de San Cristóbal de Las Casas, más la problemática del proselitismo religioso con el consiguiente éxodo de católicos, con líneas concretas para hacerle frente.

Preocupación por todas las Iglesias

La motivación de estas Cartas es una sincera preocupación por todas las Iglesias (Sollicitudo omnium Ecclesiarum, 2Cor 11, 28), apoyando a los que no tienen voz, ayudándolos a salir de la marginación eclesial, dando a conocer su situación, ignorada por amplios sectores de la Iglesia y la sociedad. Se trata, en suma, de ejercer el ministerio profético y de influir positivamente en la resolución de múltiples conflictos al interior de la comunidad eclesial, desde un punto de vista más evangélico, favoreciendo el diálogo sereno, en lugar del monólogo y la indiferencia, y practicando la corrección fraterna, incluso con los pastores de la Iglesia.

En este contexto se inscriben las cartas abiertas que presentamos en el segundo número de nuestra Revista “Café Teológico”, a saber: Carta Abierta a los Señores Curas, Carta Abierta a los Rectores de Seminario, Carta Abierta a los Maestros de Seminario y Carta Abierta a los Señores Obispos.

“Hi nati sunt illic”

“Este ha nacido allí”, dice el salmista. Y habla de ti y de mí. La Iglesia es nuestra casa, nuestra patria más íntima, el lugar sagrado donde tú y yo hemos nacido.
¿Recuerdas la fecha de tu bautismo? ¿Sabías que puedes ganar indulgencia plenaria si renuevas los compromisos bautismales el día del aniversario de tu bautismo, lo mismo que si los renuevas en la Vigilia Pascual?
¡Qué bello es pertenecer a la Iglesia! ¡Qué grandeza recibimos en el Bautismo, que nos inserta a Cristo y a su Iglesia?
¿Te has fijado lo que dice el Salmo 136?
5 Si me olvido de ti, Jerusalén,
que se me paralice la mano derecha;
6 que se me pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti,
si no pongo a Jerusalén

en la cumbre de mis alegrías.

Omnes fontes mei in te

Todas mis fuentes están en ti

 Son las últimas palabras del Salmo 86 (87), y expresan nuestra relación con Dios y con su Iglesia, la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén.

La Iglesia nos ha engendrado para Dios en el Bautismo. Sin embargo, Dios es nuestro origen, es la fuente y la meta, el punto de partida y el punto de llegada. Pero, ¿es posible separar al Esposo de la esposa?

No, no podemos separarla. Es lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 760:

“El mundo fue creado en orden a la Iglesia” decían los cristianos de los primeros tiempos (Hermas, vis.2, 4,1; cf. Arístides, apol. 16, 6; Justino, apol. 2, 7). Dios creó el mundo en orden a la comunión en su vida divina, “comunión” que se realiza mediante la “convocación” de los hombres en Cristo, y esta “convocación” es la Iglesia. La Iglesia es la finalidad de todas las cosas (cf. San Epifanio, haer. 1,1,5), e incluso las vicisitudes dolorosas como la caída de los ángeles y el pecado del hombre, no fueron permitidas por Dios más que como ocasión y medio de desplegar toda la fuerza de su brazo, toda la medida del amor que quería dar al mundo:

Así como la voluntad de Dios es un acto y se llama mundo, así su intención es la salvación de los hombres y se llama Iglesia (Clemente de Alej. paed. 1, 6).

 

Discurso al concluir los estudios teológicos en el ISEE

 

Hoy, 13 de noviembre, he visitado el ISEE, pues asistí a una reunión para los delegados de formación de las distintas comunidades religiosas que envían alumnos/as a realizar estudios filosóficos y teológicos en este noble Instituto.

Pues bien, recordé que el 23 de mayo pasado, a petición de la Sociedad de Alumnos, preparé y leí un breve discurso al clausurar el ciclo escolar 2007-2008. Era también la conclusión de los estudios teológicos de mi grupo, conformado por entrañables amigos.

Quiero compartir con ustedes ese discurso:

 

 

Discurso al concluir los estudios teológicos en el ISEE

 

Parece que fue ayer cuando iniciamos la formidable aventura de los estudios teológicos.  Y hoy estamos aquí, concluyéndolos formalmente, pero con la conciencia clara de que todo lo que hemos vivido y aprendido aquí, en nuestro querido Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos, nos acompañará toda la vida, en todas sus dimensiones, desde la riqueza y profundidad de la vida interior hasta el ejercicio cotidiano del quehacer apostólico, que realizaremos en comunión con toda la Iglesia, sirviendo a esa porción del Pueblo de Dios que el Señor tenga a bien encomendarnos.

 

A eso, precisamente, hemos sido llamados. A vivir y a comunicar a los fieles cristianos las cosas importantes y esenciales de la vida, las riquezas insondables del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por amor se ha revelado y se ha entregado a nosotros.

 

Nuestra estancia en el ISEE nos ha ayudado a crecer en esta convicción. No en balde algunos de entre nosotros, que pertenecen al Grupo San Cristóbal Magallanes y al Seminario Conciliar de México, han escogido este bellísimo texto para ponerlo en la invitación a su inminente ordenación diaconal, puesto que expresa la certeza del llamado y las tareas que implica:

 

Señor, tú me llamaste

para ser instrumento de tu gracia,

para anunciar la Buena Nueva,

para sanar las almas.

Instrumento de paz y de justicia,

pregonero de todas tus palabras,

agua para calmar la sed hiriente,

mano que bendice y que ama.

 

Queridos maestros y maestras: queremos agradecerles su presencia cotidiana entre nosotros, para comunicarnos su experiencia vital de la fe, porque han tenido el valor de expresarse a sí mismos en cada clase, de compartir con nosotros sus certezas y dudas, sus esperanzas y temores. Queremos que sepan que siempre nos acompañarán, que hablarán a través de nosotros en cada homilía, en cada catequesis, en cada conversación, en el ejercicio cotidiano de nuestro ministerio, porque todo aquello que nos han comunicado es ya parte vital de cada uno de nosotros, de ese tesoro que se guarda en el corazón y en la mente, y que el Espíritu Santo utiliza para extraerlo en el momento oportuno. Gracias. Nos encomendamos a sus oraciones y cuenten con las nuestras, para que el Señor les permita seguir colaborando en esta noble tarea.

 

Queridos hermanos y hermanas que continuarán en estas aulas, acercándose al Misterio para aprender a comunicarlo desde la experiencia de fe: la meta está cerca, casi al alcance de la mano, pero no olviden disfrutar la belleza del camino, la hermosura del recorrido.

 

Que puedan decir en cada etapa de su itinerario estas palabras de Karl Rahner: “He experimentado inmediatamente a Dios. He experimentado a Dios, el innominable e incomprensible, el silencioso y sin embargo cercano, en la Trinidad de su inclinación hacia mí. He encontrado verdaderamente a Dios, el verdadero y viviente, el que merece este nombre, superior a todos los demás nombres. Dios mismo. A Dios mismo he experimentado, no a las palabras humanas sobre él. A nadie se le niega esta experiencia. Querría transmitírsela a otros en la medida de mis posibilidades”.

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